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Conversaciones en cama

Lima, martes 29 de noviembre del 2016.

1:49

Alucinaciones

Es en estas noches en cuando pienso en lo que he hecho y el mal que me he ocasionado.

Veo mi taza oscura por la cantidad de café y las pocas lavadas. Han llegado momentos en donde me comporto como una tonta y otra, de manera muy perspicaz.

Es de madrugada y solo he sentido de todo lo que me he librado, un brazo que ya no está ahì y del cual me siento bien. Esa falta de peso en mi cintura hace que me vuelva más ligera y me acerque aún más a la divinidad.

No sé cómo tomar esta parte de mi que reluce en las noches. He sentido un giro de 180 grados hacia la salida de mi vida.

Pero, esto, esto se irá a la mierda en unos segundos cuando recuerde todos los efectos espantosos que se han dado en mi existencia. ¿Cómo puedo sonreír sin sentir culpa?

¿Alguna vez haz sentido la locura? Una frase recurrente de la cual no me arrepiento de repetir. Siempre suelo sentir cómo este sentimiento me carcome y me deja sin agua.

Más de una vez he visto como mi cabeza y las pastillas se vuelven locas al ritmo del blues. Es un sube y baja que me lleva a alucinar o sentirme mierda. Prefiero pensar de manera optimista con un intervalo de minutos en cuando recaigo.

Tengo la vida hecha trozos.

¿Estaría bien decir eso?

Yo creo que sí. Hay quienes me roban el sueño y la vuelven infierno.

—Toc, toc. Siento la puerta y me levanto con esa flojera que me caracteriza. Arrastro mis sandalias, mientras siento que no nadie me escucha y ocupó un lugar sin siquiera átomos.  Llego a la puerta y no hay nadie. Mierda deben ser esas pastillas otra vez.

Busco una más en mi cartera y la tomo con un vaso de agua empozada que había. Camino otra vez hacia mi lugar y sigo pensando en que escribir. Cómo desfogarme sin matar a alguien. Y la encuentro, desde ese entonces escribo.

1:58

Tenía 14 años, la edad en que descubrí el placer sexual sin la ayuda de un hombre. Recuerdo mi celular rosado, digna de una niña Y mi cuarto de madera.

Esa madrugada donde todo empezó. Años de calvario que han ido acabando con mi mente. Duermo con la mi mirada hacia el techo, y veo como la luz de la luna cruza la ventana y se desarrolla en el espejo. Sigo en esa posición hasta que pierdo la conciencia.

Ah, no. He regresado. Mis ojos y mi cuerpo pesa más de lo normal. Entonces mis dedos me jalan hacia la pared, mis pies lo acompañan. Se dirigen al techo, ¿por qué al techo, me pregunto? ¿Qué mierda estoy haciendo?

Entonces llegó a la calamina, volteo y me veo a mí, afligida, llorando con los ojos cerrados, como suplicando la muerte. Doblando mi cuerpo por el dolor de vivir.

Me miro, me doy lastima, quisiera escupir sobre mi. Soy una pequeña criatura que no entiende porque sufre, pero llora.

Me digo: “es momento de volver” y caigo como una pluma. Espero chocar conmigo y así hacerme reaccionar.

Pero no. Despierto. Solo despierto.

Desgraciadamente. Solo despierto.

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